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Con la emergencia sanitaria, los hogares están llenos y se pone en evidencia que el trabajo de cuidados es indispensable no sólo para la supervivencia de la especie, sino para la del Estado mismo.  

Por Mariana Gorocica

Mérida, Yucatán, 10 de mayo de 2020.-El jueves 12 de marzo, muchas mamás yucatecas mandamos por última vez a nuestras hijas e hijos a la escuela. Desde entonces, han pasado 59 días en los que hemos tenido que aprender a lidiar con una nueva normalidad: la de alimentarles, cuidarles y educarles mientras trabajamos en casa o, en algunos casos, fuera de ella.

La pandemia de Covid-19 es un hecho inédito, pues como nunca antes tuvimos que abandonar el espacio público y resguardarnos en el privado. En el hogar se encierran la escuela, la oficina, el parque, el cine y todo aquello que abandonamos para evitar el contagio pero, ¿nos hemos preguntado de quién dependen todas esas actividades durante el confinamiento?

Madres, abuelas, tías y hermanas mayores que maternamos, es decir, nutrimos, acompañamos y queremos, nos hemos convertido en maestras y pedagogas ahora que las clases se han reanudado de forma virtual, a la vez que buscamos formas para entretener, todo al tiempo que hacemos home office y mantenemos en pie la casa. 

Si algo ha probado la cuarentena es que eso de que las mujeres somos criaturas multitask es un mito. Con niñas, niños y adolescentes que necesitan comer, ayuda con las tareas, diversión y contención emocional, además de empresas y jefes que exigen que la producción siga como si el mundo no hubiera cambiado, muchas veces ponemos a nuestras necesidades a lo último.

Después de todo, es lo que se espera que hagamos, ser madres, incluso en medio de una pandemia que ha hecho temblar a las naciones y mercados más poderosos. Se trata de una situación nueva para la que nadie estaba preparada y cuya realidad cambia todos los días

De esta manera, para nosotras el confinamiento no es para hacer yoga, leer un libro o ponernos al día con las series que no habíamos visto, sino uno de los momentos más ocupados de nuestras vidas, a lo que se suma el estrés y el temor que genera un futuro incierto en los aspectos sanitario, económico y social. Nunca el descanso nos había cansado tanto.

Y no es que antes de la emergencia fuera distinto. Según el Inegi, en Yucatán casi el 90 por ciento de las mujeres mayores de 12 años lava, plancha, cocina, limpia y atiende sin que se le pague por ello; sin embargo, ahora que los hogares están llenos, se pone en evidencia que el trabajo de cuidados es indispensable no sólo para la supervivencia de la especie, sino para la del Estado mismo.  

Nuestra cultura espera que niñas, adolescentes y adultas mostremos disposición para satisfacer las necesidades ajenas de forma natural, tan es así que las labores domésticas son pensadas como eminentemente femeninas, un producto del amor.

Así, como mujeres enfrentamos barreras para participar en otras esferas de la vida pública, por ejemplo, la educación y el empleo, mientras que, por otro lado, el trabajo de cuidados no remunerado equivale al 24.2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) mexicano, de acuerdo con la Cepal.

Este Día de las Madres que pasaremos en confinamiento debe ser una oportunidad para reflexionar sobre nuestro papel no sólo al interior de las familias, sino como ciudadanas que proveen de un servicio básico a las sociedades. Ahora que los gobiernos están poniendo tanto peso en nosotras, tenemos que hablar de lo que sentimos y de lo que necesitamos.

Hay que alzar la voz para exigir una estructura estatal que garantice que quien cuide reciba una remuneración justa, porque atender a otras personas implica mucho tiempo y esfuerzo. Para ello es vital también desnaturalizar esta labor como algo relativo a las mujeres, cuidar no es natural y, por lo tanto, los hombres también pueden aprender a hacerlo. 

Poner este tema en el centro de la conversación pública implicaría también reconocer a quien lo realiza, más allá de efemérides y sentimentalismos, como una persona con capacidades valiosas, sobre todo en tiempos de crisis. (Foto de Lorenzo Hernández)


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