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Pocos hombres han decidido romper con el pacto patriarcal, ya que la postura que ofrece el sistema cuando eres un machista es muy cómoda, sobre todo si al alrededor tienes cómplices que solapan, normalizan y festejan tus violencias.

Por Luis Ángel Fuente. 

Mérida, Yucatán, 17 de marzo de 2020.-La semana pasada, el  9 de marzo, cientos de yucatecas se sumaron al Paro Nacional de Mujeres contra la Violencia Feminicida, que consistió en no presentarse a sus escuelas y trabajos con el fin de demostrar cuál seria el impacto que tendría en la sociedad que un día todas desaparecieran, así como hacer notar el aporte que realizan en los distintos ámbitos en los que se desempeñan.

Este movimiento, al igual que otros actos de protesta que han sido realizados por mujeres en los últimos años, tuvo la característica de ser separatista, es decir, sólo ellas podían participar en la actividad. 

Ante esta situación, no faltaron aquellos que “se sintieron excluidos” de la lucha contra la violencia de género por no ser bienvenidos a unirse al Paro, y creyendo que el separatismo “demerita” la causa feminista y la búsqueda de igualdad por parte de las mujeres.  

Pero para entender el por qué del separatismo en las protestas y eventos con perspectiva de género, tanto a nivel local como nacional, hay que hacer algo de memoria, pues hasta hace algunos años las marchas, plantones, performances, talleres y demás actividades eran mixtas, por lo que solíamos acudir algunos hombres, que en ciertas ocasiones sacábamos a relucir nuestro machismo y ocupábamos espacios físicos y simbólicos que no nos correspondían. 

Y es que hay que tener claro que el feminismo es un movimiento construido por mujeres y para mujeres. No surgió ayer. Ellas llevan años impulsando su causa contra un sistema patriarcal que las ha oprimido histórica, social, cultural y económicamente, y han logrado importantes avances. ¿Cuál es el papel que tenemos los hombres en esto? Ninguno.

Si bien el machismo oprime a hombres como mujeres, es innegable que no afecta a ambos géneros por igual, en tanto que ellas tienen que enfrentar de forma cotidiana múltiples formas de violencia en prácticamente todos los ámbitos, que incluso puede costarles la vida. A nosotros nos afecta a partir de la imposición de una única forma de masculinidad compuesta por la agresividad e insensibilidad, pero con la diferencia de que el sistema provee de ciertos privilegios si se cumple con el rol antes mencionado. 

Históricamente, los hombres tenemos una deuda con nosotros mismos pues hemos hecho poco para librarnos de esa represión ya que el surgimiento de las nuevas masculinidades es relativamente reciente y en su mayoría se trata de esfuerzos aislados de académicos, activistas y hombres de a pie hartos del cuadrado y arcaico concepto del macho. De manera colectiva, nos hemos privado de otras formas de ejercer nuestro rol masculino.  

El separatismo de la causa feminista supondría que comenzaríamos a organizarnos en un movimiento que, de manera paralela al de las mujeres, creara una agenda política masculina que cuestionara y confrontara las violencias que ejercemos hacia ellas y hacia otros hombres, con el fin de contribuir a tener un mundo menos desigual para todos y todas. Pero no.

En vez de eso, la gran mayoría de la población masculina ha decidido mantenerse en su postura violenta e impositiva, queriendo invadir espacios en una causa que no les corresponde, sintiéndose ofendidos cuando no se les permite participar en actividades y cuestionando y queriendo decirle a las mujeres cómo debería ser el movimiento feminista y qué temas tendrían que ser prioridad, porque “no es una lucha de género, es una lucha de gente buena contra gente mala”, como en las películas infantiles. 

La respuesta de por qué son pocos los que han decidido romper con el pacto patriarcal es multifactorial, pero una de las principales razones es que la postura que ofrece el sistema cuando eres un machista es muy cómoda, sobre todo si al alrededor tienes cómplices que solapan, normalizan y festejan tus violencias.

Otros factores pueden ser la lucha de egos de machos que impide que haya una organización horizontal y la eterna espera por ese “mesías deconstruido”, aquel aliado genuino que no tenga un pasado cuestionable, que un día llegue y nos señale a todos el camino definitivo hacia una forma de ser hombre que esté libre de violencia. Tal persona evidentemente no existe (al menos en esta generación).

Con el separatismo, ellas han decidido ya no fungir ese rol de “mamás” y tomarnos de la manita para acompañarnos en nuestro proceso. Las mujeres están hartas y están haciendo lo que les toca, ¿nosotros para cuándo?. 

La deconstrucción de la masculinidad no es fácil y no tiene que serlo. Reconocer y hacerse cargo de las consecuencias de las violencias propias puede doler, cuestionar violencias ajenas puede ser incómodo, puede hacer que terminen amistades, que te aíslen, que te despidan de tu trabajo, que te corran de tu casa, entre otras cosas. Da miedo, claro, pero debería dar más miedo ser parte de ese sistema responsable de invisibilizar, violentar y matar mujeres. 

Hay que insistir en que no hay una fórmula, un manual, o doce pasos que sirvan para llegar a ser un hombre con perspectiva de género. Lo que sí hay es maneras de hacerse responsable de las violencias propias, señalar las ajenas y buscar contribuir a la causa feminista desde la trinchera que corresponde, sin invadir. 

Intentos colectivos los hay, en forma de círculos de masculinidades que pocas veces prosperan y en el mejor de los casos terminan quedándose en buenas intenciones (y en el peor, son tapadera de machos). La conclusión es simple y compleja a la vez: mientras no comencemos a trabajar la parte que nos corresponde, la situación seguirá igual para todos y todas.

Si hay organización, compromiso e interés genuino de los hombres de manera colectiva se podrá avanzar en repensar la masculinidad y proponer maneras más libres, amorosas y diversas de ejercerla. Ojalá se comience pronto.    


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