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Durante un tiempo, no saben cuánto, no podrán disfrutar de los danzones, ni tomar de la cintura a sus parejas para bailar mambo, tampoco tararear las rumbas.

Debido a la contingencia sanitaria por el coronavirus, los 30 inquilinos del albergueJesús de la Misericordia no pueden salir al parque de Santiago a distraerse; saben que son un grupo vulnerable y que contagiarse sería fatal, por eso también suspendieron los apapachos. 

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Por Herbeth Escalante

Mérida, Yucatán, 19 de marzo de 2020.- Las abuelitas y los abuelitos se turnan para sentarse en la puerta del asilo a observar cómo la rutina ha cambiado en el barrio de Santiago; cada vez menos personas caminan en el parque, los puestos de comida lucen semivacíos  y el tráfico de coches disminuyó considerablemente en la calle 72, pues incluso hay cajones suficientes para estacionarse.

La rutina también cambió para esos inquilinos del albergue Jesús de la Misericordia, pues no pueden salir de la antigua casona, tienen que quedarse adentro desde que amanece hasta que anochece. Están en cuarentena, un nuevo virus llegó a Yucatán, por eso rezan para que no los visite.

“¡Estamos horrorizados! Con uno de mis abuelitos que le dé coronavirus contagia a los otros y a su edad, eso sería fatal”, declaró con voz alta la señora Landy Carrillo Salazar, quien desde hace más de dos décadas se encarga de ese asilo. Ahí viven adultos mayores que en promedio tienen 80 años de edad, quienes no tienen familiares, que nunca reciben visitas.

Desde hace 23 años, doña Landy se encarga del albergue.

Hay mucha desinformación en torno a la enfermedad que ha sacudido al mundo, demasiados rumores que se riegan rápido, pero de lo que sí están enterados en el albergue, es que son un grupo vulnerable.

“Nuestros abuelitos y abuelitas tienen la libertad de salir de la casa a pasear, cruzan al parque a sentarse, van a misa, a comprar en el mercado, son libres. Pero ahora no se puede, estamos en cuarentena, tomando todas las precauciones del mundo”, explicó doña Landy mientras le untaba gel antibacterial a las manos de una de ellas.

Con esta contingencia, lo más doloroso para los 30 inquilinos del albergue es que se perderán los martes de baile en la plazoleta de Santiago. Durante un tiempo, no saben cuánto, no podrán disfrutar de los danzones, ni tomar de la cintura a sus parejas para bailar mambo, tampoco tararear las rumbas.

Antes que el coronavirus cambiara la dinámica de la ciudad, únicamente tenían que caminar unos metros, cruzar al parque y evocar al pasado con los ritmos tropicales de la orquesta. No habrá citas de baile por tiempo indefinido, su principal distracción, la que los rejuvenece con cada pieza musical, se suspendió para evitar contagios.

“No sabes cómo lo sufren, que no puedan salir al baile, ya no podrán conseguir novio”, exclamó bromeando la señora Landy, al momento que las abuelitas con las que departía se empezaron a carcajear.

Todas y todos ponen de su parte en el albergue para que el coronavirus no los sorprenda. A sus 70 años, María Asunción camina a paso lento por la sala apoyada de un bastón, mientras riega  sanitizante a los muebles.

Casi no ve, los ojos le están fallando, confiesa, pero eso no es impedimento para colaborar con la higiene de su hogar. “El virus está en el aire, por eso hay que desinfectar todos los rincones, eso lo sé porque me dediqué durante un tiempo a la enfermería”, reveló.

María Asunción ayuda con las labores de higiene.

Las y los abuelitos han reforzado sus medidas de prevención. Se bañan dos veces al día, se lavan las manos con gel antibacterial a cada rato, no salen a bailar danzón y por el momento, no habrá apapachos.

“Todos aquí somos familia, nos queremos mucho, por eso siempre nos estamos apapachando, es lo que ellos necesitan y lo que yo necesito, mucho cariño y amor. Pero ni modos, con esto del coronavirus también suspendemos los apapachos”, confesó doña Landy, quien aseguró que mientras ella viva, nunca los dejará solos, mucho menos en estos tiempos de pandemia. 

(Fotografías de Lorenzo Hernández)


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