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No solamente contribuye a paliar nuestros estados de ánimo, constituye una fuente muy poderosa que incide en la formación de la persona.

Por Rafael Gómez Chi*

Mérida, Yucatán, 9 de julio de 2019.- Cada vez que nos remitimos a nuestro propio devenir histórico y hacemos referencia al bagaje cultural que nos rodea, casi siempre obviamos esto en libros, la escuela, el entorno familiar, los amigos y demás cuestiones, pero casi nunca pensamos en la música como formadora de la personalidad.

La música no solamente contribuye a paliar nuestros estados de ánimo. Constituye una fuente muy poderosa que incide en la formación de la persona, dependiendo del entorno en el que se encuentre.

En ocasiones trato de recordar por qué me gusta la música que me gusta, de dónde vino esa pasión. Me gusta casi toda clase de música. En mi biblioteca musical conviven desde Debussy hasta Gustavo Cordera, pasado por MC Serch y Pantera. Pero deseo hablarles de tres en particular que me han acompañado a lo largo de mi vida como una parte especial a la que acudo sin importarme si me siento feliz o triste, y eso que nadie puede ser totalmente ambas cosas.

Les hablo de Joaquín Sabina, Pink Floyd y Beastie Boys. El primero llegó a mi vida en un casete Pioneer que compré en el desaparecido mercado del Chetumalito un día extraviado en mi memoria. Sólo sé que en aquella cinta de las mejores rolas de la onda llamada “Rock en tu idioma” estaba el maestro Sabina y sus metáforas y sus realidades. Comencé escuchándole “Amores eternos” y “Así estoy yo sin ti”, ambas del álbum “Hotel dulce hotel”, editado por BMG en 1987 y de ahí me enganché con lo demás. A la fecha poseo una colección completa de sus temas, inclusive raras ediciones traídas de España.

¿Qué me atrae de Joaquín Sabina? En primer lugar la letra de sus canciones. Todas esas historias que nos transportan al amor después del amor, a las drogas ilegales, a las bajas pasiones, se trata de un cronista no sólo de la España de los últimos 30 años, sino del resto del mundo de habla hispana porque ha sabido colarse en nuestras venas haciendo referencias a la cultura que nos rodea, de tal modo que lo mismo le escuchamos un corrido que un rock de la más pura cepa.

Me gusta, además, el ritmo que trae, claro, esto acompañado de Panchito Varona, Pedro Barceló y el máster Antonio García de Diego, todos sin los cuales creo que ninguno de los discos de Joaquín me sabrían tan deliciosos y tan estimulantes.

A Pink Floyd lo conocí rumbo a Chichén Itzá un 21 de marzo. Eran los años ochenta y Eric Vargas, un gran amigo mío, me obsequió un casete grabado en Canadá en aquellos sistemas monoaurales, unos que los jóvenes de ahora desconocen porque pertenecen a la “prehistoria” de nuestras vidas.

El casete era “Animals”, de Pink Floyd. Editado por Columbia CBS constituye una verdadera joya arqueológica porque todavía lo tengo en mi poder en buen estado, salvo por unos segundos de la cinta que borró mi hermana Cristina en una de sus innumerables ociosidades infantiles que casi me llevan a la tumba.

Me pasó lo mismo que con Joaquín, quedé atrapado ipso facto, pero ahora por el ritmo, la música, la guitarra, el desarrollo de ese rock progresivo tan duro y a la vez tan suave. Años después, mi interés por aprender el inglés me reveló que las letras de Pink Floyd constituían verdaderas reivindicaciones de la soledad del ser humano, de ese interior tan escondido que llevamos todos, y al mismo tiempo de la rebeldía que lucha por no cejar en el empeño de transformar la sociedad en la que vivimos.

De la misma manera que con Joaquín, también me hice de las canciones de Pink Floyd y las completé gracias a la tecnología, porque no fue sino hasta hace poco que me pude descargar lo que me faltaba de la Internet.

Y ahora voy con Beastie Boys. Una noche sabatina de juerga estudiantil, de jóvenes adolescentes buscando emociones puse en el estéreo de aquel Rambler azul de 1972 que conducía Willy un casete Sony de Cristal Gamma que había llevado a grabar en Sound & Ligth Studio con una lista que le pedí a Ricardo, aquel Dj de aquella empresa, que completara con rap de lo que se le ocurriera. Y puso un pedacito, al final del Lado B, del tema “Shake your rump”, por cierto, recién remasterizado por el trío.

Y, no lo sé, pero quedé fascinado con el ritmo y aunque no entendía en ese momento nada de la rola me llamó poderosamente la atención, así que a los pocos días fui al estudio y pedí que me grabaran un casete con música de ese grupo de cuyo nombre ni siquiera sabía. Y, en efecto, me hice adicto a la música, a las letras tan juguetonas, pero también tan provocadoras como en su disco “To the 5 boroughs”. De la misma manera que con los anteriores conseguí toda la música de ellos y me hice su fan.

Pudiera parecer una presunción mía contarles las cosas personales de cómo llegué a conocer a estos artistas, pero pienso que así les ha ocurrido a muchos de ustedes con sus grupos favoritos, sean cuales fueren. En mi caso, cada uno de ellos me fue llevando, como los libros, a los demás y así por el estilo.

Esa música es la que ha formado mi personalidad y me ha equilibrado en ciertos momentos. Por eso cada vez que escuchen sus canciones favoritas piensen que integran sus vidas y los han acompañado en situaciones especiales o las más comunes, en un amanecer o en una fiesta, porque el ritmo, como se dice, cada quien lo lleva dentro. (Caricatura de Pablo Lobato)

*Lingüista, antropólogo, escritor y periodista con 26 años de experiencia.


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