•  
  •  
  •  
  •  
  •  

¿Qué les pasó a las abejas? nos pone justo al lado de los activistas Leydi Pech y Gustavo Huchin, apicultores mayas de Hopelchén, quienes se han asesorado y capacitado mejor que muchos funcionarios con tal de defender su cultura y enfrentar a la agroindustria. 

Por Francisco Cubas

Mérida, Yucatán, 14 de junio de 2020.-El documental ¿Qué les pasó a las abejas? que se difundió por streaming el pasado 20 de mayo en el Festival Ambulante, aborda un tema tan importante y tan urgente que debería poder verse en todo México, pero, desgraciadamente, sólo pudieron verlo mil personas desde sus casas. 

Es una lástima que muchos aspectos de la distribución de estos trabajos independientes no se haya actualizado, porque esta película fue terminada en 2018 y lo ideal es que hubiera estado a disposición de todos los mexicanos desde entonces.  

Comenzaré diciendo que para mí, en los documentales de denuncia social el tema siempre será más importante que su tratamiento. Esto no significa que sean fáciles de hacer o que las formas de contar no influyan en el mensaje, significa que lo que se espera que uno tenga al final de la proyección no es admiración por un movimiento de cámara o un plano secuencia, sino la sensación de que el problema que nos han mostrado es urgente, y que es necesario hacer algo al respecto. 

¿Qué les pasó a las abejas? lo logra destacadamente. La película sigue a dos activistas del municipio de Hopelchén, en la Región de los Chenes, en Campeche, que desde hace ocho años encabezan una lucha desigual contra la agroindustria y sus ejecutores en la península: las comunidades menonitas. 

La lucha de los mayas contra Monsanto comenzó precisamente por las abejas. México es el tercer país exportador de miel en el mundo y en la península de Yucatán se produce más de la tercera parte de la miel del país, la cual se vende principalmente en Alemania.  

En septiembre del 2011, la Unión Europea restringió la venta de productos que contienen organismos genéticamente modificados. En 2012, Alemania devolvió un lote de miel de la comunidad Champotón porque contenía polen de soya modificada. Los apicultores buscaron capacitación y apoyo con el Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y Greenpeace, y encontraron que la soya transgénica se había comenzado a sembrar en la región desde el 2001.

En el 2015 lograron un amparo ante la Suprema Corte de Justicia, que prohibió a la empresa Monsanto (hoy Bayern) la venta y siembra de soya transgénica para 253 mil hectáreas de cultivos en los estados de Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Chiapas, Veracruz, San Luis Potosí y Tamaulipas, hasta que no se realizara una consulta entre las comunidades indígenas. Por supuesto que esa prohibición no se ha cumplido en los hechos, y la soya, y el venenoso cóctel de agroquímicos que la acompaña, siguen circulando clandestinamente por el país, ante la indiferencia de las autoridades. 

Después de la reforma constitucional que dio pie a la privatización de los ejidos en 1992, el gobierno federal vendió muchas hectáreas de tierras nacionales en la península a grupos de menonitas que salieron de Sonora y Chihuahua, donde también han tenido conflictos por su abuso en la perforación de pozos profundos. 

En la intimidad, los menonitas siguen un estilo de vida del siglo XVII, pero su agricultura siempre ha estado alineada con las prácticas industriales contemporáneas, es decir, con la explotación no sustentable de la tierra por medio de transgénicos, agroquímicos y explotación indiscriminada de acuíferos. Esto los ha convertido en protagonistas de conflictos en muchas partes del mundo. 

Su presencia en la península de Yucatán hizo posible la llegada del cultivo de soya transgénica, que ha contaminado con sus agroquímicos el acuífero maya y los cuerpos de las personas, ha ocasionado la muerte masiva de abejas y ha logrado que Holpelchén tenga una tasa de deforestación cinco veces mayor al promedio nacional. En menos de una década, la península ha perdido 98 mil hectáreas de selva. 

Los menonitas, claro, no son los únicos en hacer mal uso del territorio en la península, y son apenas un instrumento en una estructura de negocios donde los que más se enriquecen son los las trasnacionales que comercian la soya internacionalmente y las que venden los transgénicos con sus respectivos herbicidas y fertilizantes.  

Dada su duración, de apenas una hora, la película no intenta explicarnos todos estos antecedentes, sino que nos pone justo al lado de los activistas Leydi Pech y Gustavo Huchin, apicultores mayas de Hopelchén que han superado muchísimas dificultades para defenderse de las trasnacionales. Estas son personas que, sin estudios formales y en un idioma que es su segunda lengua, se han asesorado y capacitado mejor que muchos funcionarios, con tal de defender su cultura y su territorio. 

Los cineastas Adriana Otero y Robin Canul nos narran el conflicto básicamente desde dos tipos de escenarios: el acercamiento íntimo a la cotidianeidad de ambos activistas, sus jobones, sus casas, sus familias; y el accionar de ellos en diferentes espacios públicos durante su defensa legal, en la que han enfrentado no solamente la indiferencia de las autoridades y la hostilidad de los menonitas, sino también la incomprensión y el abandono de muchos paisanos, que prefieren trabajar para la agroindustria o sembrar soya en sus ejidos, seducidos por el dinero rápido (porque, en el colmo de los absurdos, la soya cuenta con un subsidio federal en México).  

El cine como industria es un reflejo de la desigualdad estructural de nuestro mundo. Se han hecho tantas películas sobre los centros de poder, que un cinéfilo puede reconocer mejor en la pantalla las calles de Nueva York y Los Ángeles que las de su propia localidad. Películas como la que nos ocupa combaten, así sea mínimamente, esa invisibilidad de tantísimas comunidades en nuestro país. 

Y esa falta de representación no sólo es visual, también es lingüística. Por eso es muy reconfortante escuchar en el cine el maya yucateco, uno de los más de 60 idiomas que se hablan en México, pero que viven negados o despreciados por una mayoría monolingüe a la que nuestro sistema de educación pública no logra enseñarle cosas tan fundamentales como ésta. 

Si las escenas de Leydi y Gustavo rodeados de las abejas y los árboles que tanto aman son entrañables, las de ambos caminando por el zócalo capitalino para recolectar firmas y entregarlas a las autoridades es descorazonadora. ¿Cuánta indiferencia, cuánto centralismo hace falta para que estos dos modestos apicultores tengan que viajar tantos kilómetros fuera de su hogar a defender no sólo su territorio, sino un modo de vida sustentable y responsable con la vida silvestre? ¿Por qué tienen estas personas que dedicar su vida a corregir una situación que sus gobiernos deberían haber impedido en primer lugar?

Retratados con su megáfono en medio de la gran plancha citadina, entre unas cuantas personas interesadas en su lucha, bajo los edificios que representan el poder del estado, son la viva imagen del desamparo y la injusticia. 

Como puede apreciarse en lo que llevo escrito, la película logró conmoverme, lo cual no me impide señalar lo que para mí son algunos defectos. En primer lugar, toda la historia está contada exclusivamente desde el lado de la resistencia en Hopelchén. No tiene voz ningún menonita (aunque es muy difícil que alguno acepte hablar ante una cámara), ningún funcionario federal o local, ni ninguno de los campesinos o apicultores que no respaldan la causa. 

Tampoco se respaldan con datos muchas de las afirmaciones de los protagonistas. Su testimonio tendría mucho más peso si se mencionaran los documentos o estudios que existen al respecto. Tal vez habría sido deseable que algún investigador explicara a cuadro todas las consecuencias perjudiciales del cultivo industrial de soya que ya han sido detallados en muchos artículos científicos. 

¿Qué les pasó a las abejas? muestra un solo lado de la historia, pero es el lado más desprotegido, el más agraviado, el que no tiene la fuerza de su lado. Como bien dijo Robin Canul en el conversatorio transmitido por el Festival Ambulante el mismo 20 de mayo, la soya transgénica es apenas la punta de lanza de un modelo global de extracción y depredación del territorio, como se nos muestra en la secuencia del viaje a Argentina, donde vemos las terribles consecuencias humanas y sociales de los agroquímicos en el cuerpo humano, en el tercer país que más soya produce en el mundo. 

El hecho de que la soya sea transgénica permitió la lucha legal basada en el derecho internacional a la autodeterminación de los pueblos indígenas, pero hay otros megaproyectos y cultivos basados en esa idea obsoleta de «desarrollo» que amenazan el sureste mexicano, como las plantas eólicas y solares, la palma de aceite, el tren que llaman maya o el corredor transítsmico. 

¿Qué les pasó a las abejas? nos pone en el centro de una lucha entre dos formas opuestas de entender la civilización: una que busca desde hace dos siglos acumular la mayor cantidad de valor monetario posible, sin importar la destrucción de formas de vida y la desaparición de los ecosistemas que nos permiten vivir plenamente en este planeta; y otra que valora el territorio,  su riqueza natural y los valores de comunidad por encima de lo monetario. 

El mundo en que vivimos hoy, con todas sus carencias e inequidades desnudadas por la pandemia, a orillas de una catástrofe aún mayor por el cambio climático, ha sido moldeado por esa idea dominante y omnipresente. Leydi y Gustavo son uno entre muchos ejemplos de que otros mundos posibles nos esperan si logramos decidirnos a buscarlos. 


  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *