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Convocadas por el EZLN, más de tres mil mujeres se dedicaron a denunciar la violencia de género que se vive en México y en todos los países. ¿El objetivo? Sembrar semillas de organización para acabar con los feminicidios, las desapariciones, la violencia sexual y la desigualdad. 

Por Lilia Balam

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Altamirano, Chiapas, 8 de enero de 2020.- Nunca sabremos con certeza si la comandanta Amada se imaginaba el pandemónium que desataría cuando dio licencia para compartir  su dolor, rabia y lucha a las tres mil 259 mujeres y 95 menores, oriundas de 49 países, reunidas en el Semillero “Huellas del caminar de la comandanta Ramona”.

Así inició el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, convocado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Comenzó con las pesadillas de cientos de testimonios de víctimas de violencias.  

Aunque en un principio las zapatistas pretendían destinar una sola jornada del foro a la denuncia pública de la violencia de género, una vez que las participantes comenzaron a hablar, a sacar el veneno que las carcomía, a poner nombre y apellido a sus agresores, nada las detuvo, ni siquiera el tiempo. Los casos de abusos, violaciones, asesinatos y represión llenaron los oídos de todas las asistentes en los siguientes dos días.

No era para menos: a la montaña zapatista acudieron, cual catedral, activistas de todas las latitudes, para compartir los horrores a los que se habían visto sometidas ellas mismas, sus hijas o amigas, por el solo hecho de ser mujeres.

La valiente Irinea Buendía Cortés habló sobre su lucha una vez más. Recordó cómo el feminicidio de su hija Mariana Lima Buendía, perpetrado en junio de 2010 a manos de quien era su pareja, fue calificado en un principio por las autoridades como un suicidio y cómo, tras años de batalla, obtuvo un logro histórico. A través de un amparo, consiguió que el caso se reabriera. 

Además, en la sentencia, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) resolvió que las muertes violentas de mujeres se deben investigar con perspectiva de género, sentando un precedente para el Poder Judicial a nivel nacional. 

Sacrisanta Mosso Rendón también hizo gala de fortaleza al contar a la multitud sobre el asesinato de sus hijos Karen y Erick, ocurrido en el 2016 a manos de su primo, a quien le impusieron cinco años de prisión por ser menor de  edad.

“Él saldrá y gozará del mundo y volverá a dañar a otra familia, dejará a otra madre como a mí, con los brazos vacíos, sin ninguna esperanza. Yo estoy muerta porque no los tengo aquí, pero seguiré en la lucha, porque no solo ellos han sido asesinados, hay más jovencitas asesinadas y quiero que cambien la ley de adolescentes que existe”, sostuvo. 

Las integrantes de la Red de Mujeres del Oriente del Estado de México organizaron una marcha alrededor del Semillero. Ataviadas con máscaras de calaveras, portando velas y cruces rosas, invitaron a las asistentes a presenciar dos cortos documentales sobre casos de violencia de género en esa entidad: el feminicidio de Diana Velázquez Florencio y la desaparición de Norma Dianey García.

De igual forma, activistas de Oaxaca denunciaron atropellos contra defensoras de los derechos indígenas, como Victoria Jiménez Mendoza y Maura Mendoza Acevedo, quienes han recibido amenazas de muerte por su labor. También eran frecuentes los relatos de terror de mujeres que habían sido abusadas o violadas sin piedad por parientes, amigos u “hombres que decían amarlas”. 

No solo se escuchaban voces mexicanas: mujeres de Bolivia, Guatemala, Finlandia, Honduras, Indicia, Canadá, Bangladesh, Paraguay, Inglaterra, Macedonia, Sri Lanka, Suecia y otras naciones, aplaudían o aportaban denuncias. Seher Aydar, activista kurda, tomó el micrófono para reiterar que las  mujeres están en peligro en cualquier parte del mundo, sus casas o en las calles, cuando hay paz o guerra. 

“Hoy las mujeres están siendo desaparecidas. No es casualidad que las mujeres están al frente de la lucha [en Kurdistán]. No solo somos un pueblo que sufre, somos un pueblo que lucha, como quienes están aquí, porque sabemos que si luchamos la libertad será nuestra […]. Como el proverbio kurdo dice, mujeres vivas y libertad”, expresó. 

Y aunque, según la comandanta Amanda, en un año ninguna mujer zapatista ha sido asesinada ni desaparecida, están completamente conscientes de que la violencia contra las mujeres ha aumentado en todo el mundo. 

“Estamos tristes y con pena porque, a más de un año del primer Encuentro, no podemos dar buenas cuentas. En todo el mundo siguen asesinando mujeres, las siguen desapareciendo, las siguen violentando, las siguen despreciando. No se ha parado el número de violentadas, desaparecidas y asesinadas, sabemos que ha aumentado”, externó.

Por ello, el Encuentro no solo pretendía brindar un espacio para  gritar los dolores  y corajes, sino para compartir ideas y experiencias, a fin de que las mujeres se organicen y luchen por sus derechos, principalmente, el derecho a la vida.

Los sueños

No solo fueron a hacer catarsis. Las mujeres que acudieron al Encuentro también analizaron las fallas del sistema que ha permitido el aumento de cifras de feminicidios, de delitos sexuales y otros atropellos a los derechos de las mujeres.

En México se tienen leyes de vanguardia, comentó doña Irinea, pero el machismo “ha permeado en las instituciones, las autoridades no tienen voluntad política y han obligado a las mujeres a salir a la calle, a exigir justicia, a gritar”, pues aunque hay miles de denuncias, aún son bajas las cifras de sentencias. 

“No somos cosas, somos personas, tenemos derechos. Nosotras solo exigimos que se cumpla con lo que está escrito en las leyes, no que no sea una realidad, que lo lleven a cabo, que lo cumplan […]. Queremos justicia, exigimos justicia”, apuntó.

Para Araceli Osorio, madre de Lesvy Berlín Osorio, la joven que fue asesinada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2017, la respuesta es tejer redes, como las que hizo su propia hija y que le permitieron saber que en el país hay “dos justicias”, la institucional y los espacios reparadores, donde las mujeres están seguras y pueden hablar.

“Tenemos que seguir teniendo muchas redes, construir nuestra justicia, a muchas manos, con mucho compromiso […]. Somos mujeres y tenemos que actuar de manera conjunta”, indicó.  

En las mesas de trabajo, las participantes también enumeraron una serie de puntos que mejorarían el ejercicio de sus derechos: la capacitación a los servidores públicos de las fiscalías, así como dar sentencias ejemplares a los feminicidas y a quienes se vean involucrados en la desaparición de mujeres

Otras insistieron en la necesidad de que las familiares de víctimas de delitos se unan y acompañen para aligerar los procesos de denuncia o investigación. Algunas mencionaron la necesidad de fortalecer la sororidad, el autocuidado y la resistencia a la violencia machista. 

En este punto coincidió Seher Aydar, al narrar que en Kurdistán el sistema patriarcal ha prevalecido durante años y ha permeado en la manera de pensar y actuar de la ciudadanía, por lo cual es importante trabajar en el cambio de mentalidad de las personas a través de diversos vínculos. 

“No solo se trata de lucha, sino de diálogo”, dijo y admitió que la crisis de violencia de género es mundial, por lo cual es importante generar una discusión global, entender que el problema es más grande que las fronteras para que las personas se organicen y encuentren soluciones, a través de la educación y el diálogo. 

Finalmente, la mayoría de las presentes se llevaron ese mensaje a sus casas. Los derechos se conquistan y la lucha, como dijo la artista chilena Mon Laferte al concluir la primera jornada de trabajo, no es individual: es colectiva. Se trata de hacer un mundo donde quepan muchos mundos. (Publicado también en Informe Fracto)


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