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A la mayoría de los hombres les cuesta incluir el consenso en prácticamente todas sus relaciones, especialmente en las sexoafectivas. Se nos enseña a relacionarnos desde el poder, la fuerza y la imposición, en lugar de entablar vínculos desde la empatía, comprensión y afecto.

Por Luis Ángel Fuente

Mérida, Yucatán, 11 de agosto de 2020.- Korben Dallas tuvo una mañana ajetreada así que, después de ayudar a Leeloo a huir de la policía y llevarla a un lugar seguro, se le ocurrió que sería buena idea besarla mientras ella estaba inconsciente, pero la heroína reaccionó, le apuntó un arma a la cabeza y le dijo determinada: “nunca sin mi permiso”.

Al exmilitar se le hizo muy fácil no preguntar, simplemente quiso besar a una mujer que, con justa razón, se enojó ante un beso no consensuado. En otras palabras, él fue invasivo y esto es una agresión. Eso quedó claro en la mencionada escena de El Quinto Elemento.

Podemos entender consenso como “un acuerdo o conformidad sobre algo a la que llegan dos o más personas”. Mientras que consentimiento se trata de “enunciado, expresión o actitud en la que una persona permite o tolera algo”. 

Es decir, mientras que en el primer concepto hay un diálogo de por medio entre las partes para llegar a un punto en el que todas se sientan cómodas. Cosa que, al menos en la definición, no pasa en el segundo término donde se deja ver que alguien cede o aguanta cosas.

A la mayoría de los hombres les cuesta incluir el consenso en prácticamente todas sus relaciones, especialmente en las sexoafectivas. Se nos enseña a relacionarnos desde el poder, la fuerza y la imposición, en lugar de entablar vínculos desde la empatía, comprensión y afecto que permitan tener una convivencia equitativa con mujeres y con otros hombres.

Lo anterior tiene que ver con la forma en la que somos socializados y con el imaginario patriarcal que nos atribuye y limita a solo expresarnos a través de características que se consideran masculinas, como las ya mencionadas.

Aunado a los mitos creados por el amor romántico, que ofrecen una suerte de “manual de cómo conquistar” a las mujeres, que no contempla el sentir de éstas y que, más bien, promueve actitudes y conductas impositivas y agresivas que son disfrazadas de picardía, galantería o ser aventados.

Un claro ejemplo son los besos robados, que suelen no considerarse agresión por lo pequeño y efímero del gesto, sino como algo romántico y atrevido. Sin embargo, el artículo 309 del Código Penal del Estado de Yucatán considera que esta acción es abuso sexual.

La normalización de este tipo de acciones es peligrosa y contribuye a que sigan existiendo formas de relacionarse desiguales y basadas en el poder, que pueden resultar violentas cuando la parte no dominante no consiente lo que la otra quiere.

Es importante decir que para que exista un consenso tienen que cumplirse una serie de factores, entre los cuales destaca la igualdad de condiciones, es decir, no se puede hablar de acuerdos justos entre dos personas cuando una de ellas tiene influencia sobre la otra, como sucede con maestros que se ligan a sus alumnas, jefes que le coquetean a sus subordinadas o adultos “enamorando” niñas.

En semanas pasadas, Estefaní, una niña oriunda de municipio de Maní, Yucatán y de apenas 11 años fue reportada como desaparecida. Pocos días después de que fuera emitida la Alerta Amber por el caso, fue hallada en Campeche en compañía de un hombre, con quien conversaba vía Facebook y que le mintió y manipuló para sacarla de su casa, tal y como se menciona (de forma muy escueta) en el comunicado emitido por la Secretaría de Seguridad Pública.

Hechos como el arriba mencionado se han hecho constantes en el estado y tanto las autoridades como la población prefieren mirar hacia otro lado ante una problemática que pone en peligro a las menores yucatecas, prefieren echarle la culpa a las niñas y llamarles “resbalosas”, “calientes” y otras expresiones misóginas en vez de exigir que caiga todo el peso de la ley sobre pedófilos en potencia.

Es claro que como hombres, formados en un contexto machista, no contamos con las herramientas emocionales para obtener lo que queremos a través del diálogo pero si queremos dejar de replicar formas violentas de acercarnos a otras personas tenemos que empezar a cuestionarnos cómo ser más empáticos y pacíficos al momento de entablar vínculos de cualquier tipo.

Renunciar al mito del amor romántico y priorizar el consenso en nuestras relaciones sexoafectivas no significa que ya no se puedan tener gestos cursis, sexys o atentos con una compañera, se trata de una oportunidad para encontrar nuevas maneras de expresar el amor, la ternura y el deseo.

También es de suma importancia entender que no es no, así como tener criterio ante los escenarios en los que podamos encontrarnos; una mujer que está ebria no puede llegar a un consenso; si está emocionalmente vulnerable, tampoco; si accedió a tener sexo contigo, y ya en el acto te pide que pares, te detienes; y los silencios incómodos también son una forma de decir no.


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