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Ese árbol estaba en mi vida, yo lo vi crecer y él me vio envejecer. A veces, con el viento, se mecía y su tronco crujía. Chirriaba no sé si de gusto o lloraba haciéndose presente.

Por Rafael Gómez Chi*

Mérida, Yucatán, 8 de octubre de 2019.-Solía presumirlo a la menor provocación. “En mi patio hay un chakaj enorme”. Era gigante. Grandioso. Alojaba pajaritos de todas clases. Los kaues cantaban por las tardes montados en las ramas más altas. Las mañanas eran deliciosas con las coplas de los azulejos. Buena parte del año esparcía sus hojas en el patio y la alfombra café era una delicia, aunque a una de mis vecinas le pareciera basura.

Pero Chaac, implacable, asomó sus narices y se dejó venir con toda la furia posible y… se burló de mí. Derribó al gigante con gran estruendo. La verdad, me asusté muchísimo. Cuando aceché, Gulliverestaba en el suelo. Más bien, en el patio y en el techo de dos de mis vecinos. No podía creerlo.

De inmediato fui a ver a mis vecinos. “No puedo salir al patio, el árbol lo llenó todo”, me dijo la señora de al lado. El señor del predio detrás del mío ni cuenta se había dado. Le conté lo sucedido y me puse a sus órdenes.

Realmente me sentía triste. Ese árbol estaba en mi vida desde la compra de la casa en el año 2002. Y ya llevaba algún tiempo en el patio. Yo lo vi crecer y él me vio envejecer. Durante 17 años fue un fiel compañero. Y nunca en silencio. A veces, con el viento, se mecía y su tronco crujía. Chirriaba no sé si de gusto o lloraba haciéndose presente.

Fue en su tronco donde sellé la planta del pie derecho de mi hija, en un ritual maya para quitarle los dolores de barriga. Fue junto a su tronco donde el pastor holandés Whiskyse resguardaba a sufrir su breve pero dolorosa dolencia antes de dormirlo.

Pasamos malos tiempos, lluvias, fuertes vientos, las épocas estivales, los duros estiajes de las lajas del Mayab eterno. Lo vi lleno de vida con sus hojas agitándose y los pajaritos danzando en sus ramas.

Asomaba al patio y miraba las hojas regadas por todas partes, pero nunca me puso de mal humor. Para mí no era basura. Era vida, parte de un ciclo. La renovación de la esperanza. La sabiduría de la madre tierra. Como eso sucedía año con año, siempre pensé en la Ouróborus, mordiéndose el caramelo de la cola,ad infinitum. Terminaba y empezaba.

Crecí entre árboles, en un patio frondoso de la casa de mis abuelos Manuel y Nelly. Lleno de amor. Aguacates, huayas, mangos y también tomates, cebollinas, lechugas. Cortar un árbol era impensable. Talarlos era, es una herejía. 

Sin quererlo, fomenté en mi cultura el amor a la flora. Quizá por eso no soporto esos fraccionamientos desnudos, calientes, resquebrajándose bajo el sol. Tal vez por ello no soporto una ciudad llena de cemento y de polvo.

El chakaj era parte importante de mi familia. Ahí estaba. Nos daba cariño incondicional.

Pero Chaac. Su inmensa nariz se achocó en nuestras vidas y lo derribó en un tris tras. Crack. Bum. Pum. Cuas. Fue como un bofetón.

Al día siguiente, cuando la cuadrilla de hombres limpiaba, hallé a la otra víctima. Un enorme iguano estaba muerto. El reptil solía asomarse al sol y a comer las hojas de la naranja agria. Me sentí más triste. Pero al cabo de los días reflexioné en los hechos. La madre naturaleza me mostró una vez más su sabiduría. Y, en efecto, la Ouróborus seguirá chupándose el caramelo de la cola, porque todo vuelve a empezar.

*Lingüista, antropólogo, escritor y periodista con 26 años de experiencia.


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